UN SALUDO INICIA LA AMISTAD





UN SALUDO INICIA LA AMISTAD

PRESENTADORA. -  ¡Buenos días a todos! Los niños y niñas de primero vamos a representar una obra de teatro titulada “UN SALUDO INICIA LA AMISTAD”, en ella tratamos de demostrar lo importante que es el saludo para las personas. Queremos que aprendáis que es bueno que nos saludemos porque así nos hacemos amigos. Esperamos que os guste y os pedimos que guardéis silencio. ¡Ah, y que apaguéis los móviles!
NARRADOR. – El saludo es muy importante, es bueno que nos saludemos porque así podemos iniciar una conversación y nos podemos hacer amigos. Por la mañana al comienzo del día nos saludamos diciendo ¡Buenos días!, por la tarde decimos ¡Buenas tardes! Y por la noche decimos ¡Buenas noches! Para que veáis lo bueno que es el saludo os voy a hacer una demostración. Imaginaros que yo voy por la calle y me encuentro con un hombre al que no conozco de nada y lo saludo para hacerme amigo de él.
NARRADOR. - ¡Hola señor, buenos días!
SEÑOR. - (Con muy mal humor) ¡Buenas Tardes!
NARRADOR. – Disculpe señor pero por la mañana se dice ¡Buenos días!
SEÑOR. – Pues yo digo buenas tardes porque para mí ya es tarde y además me duele la muela.
NARRADOR. – Bueno, no importa lo bueno es saludarse. ¡Buenas tardes señor!
SEÑOR. - ¡Buenas noches!
NARRADOR. - ¿Por qué dice ahora buenas noches? ¿No decía que para usted ahora era la tarde?
SEÑOR. – Si pero como me duele la muela yo ahora me voy a la cama por eso digo ¡Buenas noches!
NARRADOR. – Qué bromista es usted bueno como usted quiera me alegro de haberle conocido y buenas noches.
SEÑOR. - ¡Cómo que buenas noches! Si es por la mañana se dice ¡Buenos días! ¿Está usted borracho? (Se va corriendo)
NARRADOR. – Bueno, bueno, como usted quiera lo intentaré en otro momento, cuando se le haya pasado el dolor de muelas.
(Salen los dos del escenario)

NARRADORA. – A continuación vamos a ver como se saludan dos amas de casa el primer día que se ven.
AMA DE CASA 1. - ¡Hola!, ¡Buenos días!
AMA DE CASA 2. - ¡Buenos días señora!
NARRADOR. – Como habéis visto el primer día solo se dijeron hola porque llevaban mucha prisa. El segundo día se volvieron a encontrar en el mismo sitio y ya hablaron un poquito más.
AMA DE CASA 1. – ¡Hola vecina. ¡Buenos días! tú eres la de ayer!
AMA DE CASA 2. – Sí y tu también. ¡Buenos días! ¿Cómo te llamas?
AMA DE CASA 1. – Yo me llamo Ramona. ¿Y tú?
AMA DE CASA 2. – Pues yo me llamo Felisa y te digo ¡Adiós! Porque tengo un poco de prisa.
AMA DE CASA 1. – Yo tampoco me puedo parar porque me he dejado un pollo en el horno y se me puede quemar.
NARRADOR. – Se fueron cada una por su lado pero al día siguiente cuando se encontraron ya ninguna tenía prisa y se hicieron amigas.
AMA DE CASA 1. - ¡Hola Felisa!
AMA DE CASA 2. – Hola, hola. ¿A dónde vas Ramona?
AMA DE CASA 1. – Pues mira voy de compras al mercadona.
AMA DE CASA 2. - ¿Y qué vas a comprar?
AMA DE CASA 1. – Compraré; carne, tomates y pan. Y tú ¿también vas de compras?
AMA DE CASA 2. – Si voy a comprar bebidas.
AMA DE CASA 1. – Pues vamos juntas y nos hacemos amigas.
AMA DE CASA 2. – Eso me parece estupendo. ¡Qué alegría! Ya tengo otra amiga.
AMA DE CASA 1. – Y ahora que tenemos tiempo te voy a contar un secreto.
AMA DE CASA 2. - ¿Un secreto? ¡Qué emoción!
AMA DE CASA 2. – Pero vamos andando no sea que nos encontremos con un hombre que anda por ahí muy enfadado porque le duelen las muelas.
NARRADORA. – Y sucedió que a partir de ese día gracias a que se saludaron se hicieron íntimas amigas y ya siempre que se veían se paraban a conversar y a contarse sus cosas.
NARRADORA. – A continuación vamos a ver como se saludaron y se hicieron amigos un ladrón y una mujer policía. Resulta que un ladrón salía por la noche de robar un banco cuando pasó por allí una mujer policía que andaba vigilando por el barrio.
LADRÓN. – Ahora que no me ve nadie voy a robar este banco. (Hace como que roba el banco)
POLICÍA. - ¡Alto ahí! ¿Qué hace usted?
LADRÓN - ¡Buenas noches! Le saludo señora policía ¡Muy buenas noches tenga usted!
POLICÍA. – Sí. Vale, vale. ¡Buenas noches! Yo también te saludo. Pero yo le  pregunto ¿qué qué hace usted aquí?
LADRÓN. – Pues nada que pasaba por aquí y me dije voy a robar el banco y cuando salga le doy las buenas noches a la policía y nos hacemos amigos.
POLICÍA. – ¡Muy bonito! ¿Te crees que la policía es tonta? Vamos a ver ¿Cuánto dinero has robado?
LADRÓN. – No lo sé, cogí este montón de billetes y salí corriendo, no los he contado todavía.
POLICÍA. – Aquí hay 6.000 euros. Eso es mucho dinero y te tengo que llevar a la cárcel.
LADRÓN. – No me lleves a la cárcel que yo te he saludado, te he dicho buenas noches y ahora debemos hacernos  amigos.
POLICÍA. – Pero eso no puede ser porque un policía no puede hacerse amigo de un ladrón.
LADRÓN. – Si porque si somos amigos, no me llevas a la cárcel.
POLICÍA. – Tengo una idea. ¿De verdad quieres que seamos amigos?
LADRÓN. – De verdad, de verdad.
POLICÍA. – Pues entonces tienes que devolver el dinero al banco.
LADRÓN. – Tengo que devolverlo todo, todo. ¿No puedo quedarme un poquito?
POLICÍA, - Nada, no puedes quedarte con nada si quieres que seamos amigos, o el dinero o yo. ¿Qué prefieres?
LADRÓN. – Bueno vale quiero ser tu amigo. Voy a devolver el dinero. ¿Ahora ya nos saludamos y nos hacemos amigos?
POLICÍA. – Sí y además  te nombro mi ayudante. Ahora nos saludamos como los policías. (Se saludan militarmente) Nos vamos de patrulla.
NARRADORA. – Gracias a que se saludaron; el ladrón  se hizo amigo de  la policía y no volvió a robar más.   A continuación vamos a ver como se saludaron un viejecito y una viejecita que se encontraron en la calle. Aunque estaban un poco sordos se entendían muy bien y al final se hicieron amigos.
VIEJECITA. - ¡Buenos días Carmelo! ¡A dónde vas? ¿Vas de paseo?
VIEJECITO. – No, Teresa estás equivocada porque yo no me he tirado un pedo.
VIEJECITA. - ¿Qué dices ahora  que se te ha perdido el sombrero?
VIEJECITO. – No, te digo que si quieres acompañarme que voy a pasear un rato.
VIEJECITA. - ¡Qué pena Carmelo, a mí también se me ha muerto el gato!
VIEJECITO. – No Teresa, eso está prohibido no podemos ir  a cazar patos.
VIEJECITA. – A muy bien me gusta mucho qué me invites al teatro.
VIEJECITO. – Si, es verdad, dos y dos son cuatro y cuatro patas tiene el gato.
VIEJECITA. – ¡Qué gracioso eres Carmelo, anda  vamos a pasear un rato conmigo.
VIEJECITO. – Es verdad, me gusta mucho echarle a las palomas granitos de trigo.
VIEJECITA. – Yo te digo que si quieres ir a pasear un rato conmigo.
VIEJECITO. – Y yo te digo que no quiero comer higos que deberíamos echarle a las palomas granitos de trigo.
VIEJECITA. – Bueno como tú quieras vamos a echarle a las palomas granitos de trigo.
VIEJECITO. – Si, eso es lo que yo digo, que dejes en paz a las palomas y vámonos de paseo y nos hacemos amigos.
NARRADORA. – Al final se pusieron de acuerdo. Se fueron de paseo y se hicieron amigos.
Y yo me voy porque viene por allí el señor que le duelen las muelas y tiene muy mal humor. 

NARRADOR. - Creo que viene por allí el señor aquel que le dolían las muelas, voy a ver si ya se le ha pasado el dolor y lo saludo a ver si hoy ya nos hacemos amigos.
¡Hola señor!  ¿Ya se le ha pasado el dolor de muelas?
SEÑOR. – Si, ya se me ha quitado.
NARRADOR. – Pues me alegro mucho y entonces aprovecho para saludarle y decirle que ¡Muy buenos días tenga usted!
SEÑOR. - ¡Cómo que buenos días! Tengo malos días, malísimos días.
NARRADOR. – Pero ¿Por qué señor si ya no le duelen las muelas?
SEÑOR. – Pues porque ahora me aprietan los zapatos.
NARRADOR. – Pues eso tiene fácil solución, se los quita y ya está.
SEÑOR. - ¿Y qué quiere que ande descalzo y pille un resfriado?
NARRADOR. – No hombre se pone otros que no le aprieten y ya está se olvida de los malos días y puede saludar con un ¡Buenos días!
SEÑOR. – No me olvido de los malos días porque para mí son malos días. No me digas más ¡Buenos días!
NARRADOR. – Mire señor a pesar de eso yo le deseo que no le aprieten los zapatos, que no le duelan las muelas y tenga usted un buen día.
SEÑOR. - ¡Qué repetido es usted! Siempre con los buenos días, es un repetido y un cansino.
NARRADOR. – Solo deseo saludarlo y así empezar a ser su amigo señor porque un saludo suele ser el inicio de una amistad.
SEÑOR. – Ya se lo que le pasa está usted borracho como el otro día, anda lárguese y déjeme en paz.
NARRADOR. – Pero hombre si solo quiero saludarle, es bueno que las personas se saluden.
SEÑOR. - ¿Es que no tiene otra cosa que hacer? ¿No tiene que ir al trabajo? Así está España, por eso estamos en crisis. Yo me voy.
NARRADOR. – Yo comprendo que el señor esté malhumorado porque claro si le aprietan los zapatos tiene tanto dolor como cuando le dolían las muelas, tendré que tener paciencia y lo intentaré en otra ocasión.
NARRADORA. – A continuación vamos a ver como se saludan una exploradora muy valiente y un negrito de la selva tropical.
EXPLORADORA. – Soy una exploradora y voy a explorar esta selva tropical de África. Tengo que ir con cuidado porque en las selvas suelen vivir animales muy peligrosos como tigres, serpientes o gorilas. Pero yo soy muy valiente, yo no me asusto fácilmente. Puedo matar a un león o mil leones.
NEGRITO. – Uuuuuuuu
EXPLORADORA. - ¡Qué susto! ¿Será un león? Por aquí no se ve ningún león, además a mí no me dan miedo los leones. También puedo despedazar a cien tigres. Seguiré explorando.
NEGRITO.- Uuuuuuuuuuu.
EXPLORADORA. - ¡Qué miedo! ¿Será un tigre? El caso es que no me dan miedo los tigres. Seguiré explorando un poquito más. Puedo destripar a todas las serpientes.
NEGRITO. – Uuuuuuuuuu.
EXPLORADORA. – Ya no puedo más, o me come una fiera o me va a dar un ataque al corazón. Yo me largo de aquí, no quiero explorar más. Me voy a mi casa y me escondo debajo de la cama.
(Sale el negrito de detrás de las cortinas y se asustan los dos)
NEGRITO. – ¡Qué miedo!
EXPLORADORA. – ¡Qué susto! ¡Menos mal que solo es un negrito!
NEGRITO. - ¡Buenos días!
EXPLORADORA. –  ¡Buenos días negrito! ¿Tú vives aquí en esta selva?
NEGRITO. – Si yo vivir aquí.
EXPLORADORA. – Entonces conoces bien esta selva que me han dicho que es muy peligrosa, podemos hacernos amigos. Dime ¿hay tigres furiosos en esta selva?
NEGRITO. – No.
EXPLORADORA. – ¿Hay serpientes venenosas en esta selva?
NEGRITO. – No.
EXPLORADORA. – Hay hienas hambrientas en esta selva.
NEGRITO. – No.
EXPLORADORA. – Entonces ¿que fiera  es la que abunda en esta selva para ser tan peligrosa?
NEGRITO. – Hay exploradoras.
NARRADORA. – A continuación vemos como se saludan dos panquis muy pasotas y con mucha cara dura.
PANQUI 1. – ¡Pero qué pasa tronco!
PANQUI 2. - ¡Qué dices colegui!
PANQUI 1. - ¡Vamos a saludarnos tío!
PANQUI 2. – Si, vamos a hacer el saludo panqui.
(Hacen un saludo con las manos)
PANQUI 1. – Pan.
PANQUI 2. – Pan.
PANQUI. 1. – Pan.
PANQUI. 2. – Pan.  
PANQUI. 1 y 2. – Panqui.
PANQUI. 1. – Bueno ¡Qué te cuentas tío!
PANQUI. 2. – Menos dinero, te puedo contar de todo  estoy más pegao que un sello tío.
PANQUI. 1. – Pues entonces lo mismo que yo que no veo un euro ni con un telescopio tío.
PANQUI. 2. -  Y tú a dónde vas, ¿vas de curro?
PANQUI. 1. - ¡Qué curro ni qué curro, que no te enteras colega yo voy de botellón, ¿no ves que llevo una botella?
PANQUI 2. - ¿Me invitas a tu botellón   colegui?
PANQUI 1. – Vale vente conmigo de botellón.
PANQUI 2. -   Un momento colega. Llevas  la botella vacía. ¿Qué vamos a beber?
PANQUI 1. – Yo aporto la botella vacía y tú la llenas de líquido. ¿Qué quieres que lo ponga todo yo?
PANQUI 2. – Pues eso no puede ser.
PANQUI 1. - ¿Por qué no puede ser tronco?
PANQUI 2. – Pues porque no tengo dinero tío, qué pasa.
PANQUI 1. – Pues plántate en esta esquina y pide dinero prestado, mira por allí viene un señor con pinta de estar forrado pídele diez euros para el botellón.
PANQUI 2. - ¿Tronco me prestas diez euros para irme de botellón?
SEÑOR. - ¡No te da vergüenza pedir dinero para emborracharte! Poneros a trabajar que yo no os doy ni un euro. ¡Así está España!
PANQUI 1. – No pasa nada con botellón o sin botellón seguimos siendo amigos colegui.
NARRADORA. – A continuación veremos cómo se saludaron y se hicieron amigos una doctora y un enfermo.
DOCTORA. – Que pase el siguiente.
ENFERMO. - ¡Buenos días doctora! Me alegro mucho de saludarla y le deseo que pase usted un buen día. ¿Está usted bien doctora?
DOCTORA. – Si yo estoy muy bien pero el enfermo se supone que es usted. Dígame ¿qué le duele?
ENFERMO. – A mí no me duele nada. Y a usted doctora ¿le duele algo?
DOCTORA. – No a mí tampoco me duele. Vamos a ver si no le duele nada ¿tendrá usted fiebre?
ENFERMO. – No tampoco tengo nada de fiebre y usted doctora ¿tiene fiebre, está malita?
DOCTORA. - ¡Que no, que no tengo fiebre ni estoy malita además la doctora soy yo, usted no tiene que preguntarme nada. Vamos a ver si no le duele nada y no tiene fiebre ¿entonces estará resfriado?
ENFERMO. – Tampoco doctora. No estoy resfriado ni me pasa nada de nada.
DOCTORA. – Entonces, ¿para qué viene usted al médico?
ENFERMO. – Pues verá usted, pasaba yo por aquí y me dije voy a entrar a la consulta y saludo a la doctora.
DOCTORA. – y ¿Por qué quiere usted saludarme?
ENFERMO. – Porque es usted muy guapa y quiero que nos hagamos amigos.
DOCTORA. - ¡Vaya sorpresa, ahora resulta que me ha salido un novio!
ENFERMO. – Además de saludarla quiero invitarla a dar un paseo por el parque.
DOCTORA. – Lo que yo digo ha venido a saludarme  porque se ha enamorado de mí.
ENFERMO. – Entonces ¿Acepta que salgamos a dar un paseo y que nos hagamos amigos?
DOCTORA. – Pues mira como veo que ya no queda ningún enfermo en la consulta nos vamos de paseo.
(Salen los dos juntos del escenario como si se fueran de paseo)
NARRADOR. – Creo que viene por allí otra vez el señor que primero le dolían las muelas y después le apretaban los zapatos, voy a saludarlo otra vez a ver si hoy ya no le duele nada y  nos podemos hacer amigos.
NARRADOR. – Hola señor ¡Buenos días!
SEÑOR. -  ¡Malos, malos días!
NARRADOR. – ¿Por qué señor? ¿Le duelen otra vez las muelas?
SEÑOR. – No ya no me duelen las muelas.
NARRADOR. – ¿Entonces es que le aprietan los zapatos?
SEÑOR. – No tampoco me aprietan los zapatos.
NARRADOR. - ¿Entonces por qué dice  malos días?
SEÑOR. – Pues porque no hace más que llover y llover.
NARRADOR. – Pero señor es bueno que llueva, así se riegan los jardines y crecen flores en el campo. Es bueno que llueva por eso nos saludamos diciendo ¡Buenos días!
SEÑOR. – Nada de eso para mí son malos días porque no puedo ni salir a dar un paseo.
SEÑOR. – Pues claro que puede darse un paseo aunque llueva sale usted con el paraguas.
SEÑOR. -  Usted lo que quiere es que yo me moje claro. ¿No estará usted otra vez borracho? ¡Anda y déjame en paz! (Se va y lo deja con la boca abierta)
NARRADOR. – Que difícil es hacerse amigo de este señor, creo que lo voy a dejar por imposible.
NARRADORA. – A continuación veremos como se saludan una princesa y una niña pobre. Un día iba una niña por la calle tan tranquilita y de pronto se encontró con una princesa.
NIÑA. - ¡Anda, pero si es la princesa!
PRINCESA. – ¡Buenos días niña!
NIÑA. - ¡Buenos días princesa!
PRINCESA. – ¿Por qué agachas la cabeza y te tapas la cara con las manos?
NIÑA. – Es que me da vergüenza porque vos sois la princesa y yo soy pobre.
PRINCESA. – No te debe dar vergüenza ser pobre lo importante es ser buena persona y tener amigos. Anda levanta la cabeza y quita las manos de tu cara ¿Tú tienes amigas?
NIÑA. – Sí tengo muchas amigas.
PRINCESA. – Pues yo a pesar de ser princesa y de vivir en un palacio apenas tengo amigas.
NIÑA. – Es que debe ser difícil ser amiga de una princesa porque los guardias y soldados que te defienden dan miedo.
PRINCESA. -  Pues yo quiero ser tu amiga porque me he dado cuenta que eres una niña buena.
NIÑA. – De verdad. ¿Quieres que seamos amigas?
PRINCESA. – Claro que quiero, estoy deseando que vengas a mi casa a jugar conmigo.
NIÑA. - ¡ qué maravilla! ¿Y me enseñarás el palacio donde vives?
PRINCESA. – Si, te enseñaré todo el palacio, el salón del trono,  mi dormitorio y jugaremos con mis juguetes en los jardines del palacio.
NIÑA. - ¡Qué bien!
PRINCESA. - ¿Estás contenta de que seamos amigas?
NIÑA. – Si muy contenta. Nunca imaginé que yo pudiera ser la amiga de una princesa.
PRINCESA. – Pues venga vámonos juntas a pasear por la calle y ahora toma te presto mi corona de princesa.
NIÑA. – Se van a creer la gente que la princesa soy yo.
(Salen las dos del escenario)
NARRADORA. – A continuación veremos como se saludan dos futbolistas.
FUTBOLISTA 1. – Hola yo soy del Madrid.
FUTBOLISTA 2. – Pues yo soy del Barcelona.
FUTBOLISTA 1. – El Madrid es mejor que el Barcelona.
FUTBOLISTA 2. – De eso nada el Barcelona es el mejor equipo del mundo.
FUTBOLISTA 1. - ¡Viva el Madrid!
FUTBOLISTA 2. - ¡Viva el Barcelona!
FUTBOLISTA 1. – Aunque tú seas del Barcelona y yo del Madrid creo que podremos ser amigos.
FUTBOLISTA 2. - ¿Cómo puede ser eso?
FUTBOLISTA 1. – Si porque los dos somos de la selección española.
FUTBOLISTA 2. – Es verdad.
FUTBOLISTAS 1 Y 2. - ¡España! , ¡España! , ¡España!
FUTBOLISTA 1. - ¡Vámonos que viene por allí un señor que tiene muy mal humor!
SEÑOR. – Alto. ¿Por qué os vais?
FUTBOLISTA 1. – Nos vamos porque usted siempre está enfadado, no quiere que lo salude y nos da miedo.
SEÑOR. – Por favor no os vayáis ahora soy yo el que quiero saludaros porque he comprendido que lo mejor es tener amigos.
FUTBOLISTA 1. – ¿Entonces ya nos podemos saludar con buenos días?
SEÑOR. – Si o con ¡Buenas tardes!
FUTBOLISTA 2. – O también ¡Buenas noches!
FUTBOLISTA 1. – Por fin ya nos hemos hecho amigos y os decimos a todos. (Los tres a la vez) Saludaros porque: ¡Un saludo inicia la amistad! ¡Buenos días!

                                     
                                                   FIN



 LOS TRES DESEOS




DECORACIÓN DEL ESCENARIO.
Se puede presentar con un fondo de una casa vieja y fea dibujada sobre papel continuo. En el escenario se  coloca una mesa, y dos sillas. Sobre la mesa se ven dos platos vacíos.
Hace falta hacer una morcilla. Puede hacerse con un globo de forma alargada y de color oscuro o de papel negro.

Personajes:
NARRADOR-A. - Niño-a vestidos normalmente que sepan leer bien.
MARIDO. - Niño disfrazado de hombre adulto trabajador o campesino vestido pobremente.
ESPOSA. - Niña disfrazada como la esposa de un trabajador pobre.
VECINA. - Niña disfrazada de ama de casa, parecida a la anterior
GENIO. - Niño o niña vestidos estrafalariamente o bien con un toque oriental como los que salen en las ilustraciones de los cuentos.
Dificultad mínima.
Edad aconsejada; del primer ciclo en adelante.
Duración aproximada  de la obra; quince minutos.

COMIENZA LA FUNCIÓN

 Se abre el telón y aparece en narrador-a en el centro y la niña que hace de esposa en un extremo.
 NARRADOR-A. - Esta es la historia de un matrimonio cualquiera que como todos los matrimonios tienen sus días malos y buenos.
(Se retira a un extremo el narrador y la esposa se coloca en el centro, delante de la mesa y entra una vecina)
VECINA. - ¡Hola Francisca! ¿Cómo estás?
ESPOSA. - Fatal, hoy estoy fatal.
VECINA. - Hija no será para tanto.
ESPOSA. - Para tanto y para más.
VECINA. - Pero ¿Qué te pasa?
ESPOSA. - Que estoy peleada con mi marido.
VECINA. - ¿Otra vez? ¿Y por qué ha sido ahora?
ESPOSA. - Ahora se ha empeñado en llevarme la contraria en todo.
VECINA. - ¿Y cómo es eso?
ESPOSA. - Pues muy sencillo;  si yo digo que hace frío, él contesta que hace calor. Si se me ocurre decir que hoy es lunes se empeña en que es martes. Y así todo. 
VECINA. - ¡No me lo puedo creer! Si tu marido es un buen hombre.
ESPOSA. - Pues será para tí porque para mí es un cabezón.
VECINA. - Pero si con todo el mundo es muy amable, no puede ser verdad.
ESPOSA. - Pues es tan verdad como que ahora es de día.
(En este momento se oyen voces) ¡Francisca, Francisca!
ESPOSA. - Ahí lo tienes, es mi marido que viene del trabajo.
VECINA. - Entonces yo me largo.
ESPOSA. - No, escóndete detrás de las cortinas y te vas a convencer de lo que te he dicho.
(La vecina se esconde y entra en escena el marido)
MARIDO. - ¡Qué cansado vengo!
ESPOSA. - (Mirando al público) Igual que yo.
MARIDO. - También me duele la cabeza.
ESPOSA. - A mí más.
MARIDO. - Y además estoy muerto de hambre.
ESPOSA. - Eso no me lo creo.
MARIDO. - ¿Por qué no te lo crees?
ESPOSA. - Pues porque si estuvieras muerto... muerto,  no te quejarías tanto.
MARIDO. - No empecemos, no empecemos.
ESPOSA. - Querrás decir no terminemos.
MARIDO. - Quiero decir lo que quiero decir. Que no empecemos.
ESPOSA. - Y yo que no terminemos.
NARRADOR-A. - Vean ustedes como de la forma más tonta comenzaban a pelear. Esto era el pan de cada día.
ESPOSA. - ¡Teresa! Sal fuera.
(Sale la vecina de detrás de la cortina)
MARIDO. - (Sorprendido) ¿De dónde sales tú?
VECINA. - He salido del armario.
MARIDO. - ¿De qué armario?
ESPOSA. - De detrás de la cortina convenciéndose de lo cabezón que eres.
MARIDO. - No me entero de nada.
ESPOSA. - Mejor así no discutimos.
VECINA. - Vamos a darnos un paseo. 
ESPOSA. - Has tenido una buena idea. Vamos a la calle y nos pasamos por el carrefur. 
(Salen las dos del escenario)

MARIDO. - Bueno ¿Qué tienes hoy para cenar?
ESPOSA. - Pues mira esa es otra,  hoy no he encontrado en la despensa mas que dos habichuelas una para ti y otra para mi.
MARIDO. - Pues vamos progresando porque ayer solo me pusiste en el plato cuatro lentejas.
ESPOSA. - Pero como me dijiste que te habías empachado por eso te he cambiado el menú.
MARIDO. - Pues hoy tengo más hambre y me las como de un bocado.
ESPOSA. - Pues  ten cuidado no te vayas a atragantar.
MARIDO. - No. La voy a partir en tres trocitos para saborearla mejor.
ESPOSA. - ¿Sabes lo que te digo?
MARIDO. - ¿Qué me dices?
ESPOSA. - Que encuentro la alubia un poco dura.
MARIDO. - Pues yo te digo que encuentro la alubia un poco sosa. Dame la sal.
ESPOSA. - No tenemos. Se nos acabó ayer.
MARIDO. - ¡Viva la Pepa! Pues entonces dame la pimienta, le pondré un poco.
ESPOSA. - Toma échale una poquita.
NARRADOR-A. - Sucedió que al ir a echar la pimienta salio del bote de la pimienta un genio.
GENIO. - Cataplín, cataplán soy el genio de la sal.
ESPOSA. - ¡Que susto nos has dado! Por poco se nos corta la digestión. Y si eres el genio de la sal ¿Qué haces metido en el bote de la pimienta?
GENIO. - Es que me metió allí un hechicero muy malo. Llevo ahí  muchos años porque como a vosotros no os gusta la pimienta.
MARIDO. - Es que pica mucho. Hoy como no teníamos sal por eso hemos abierto el bote de la pimienta.
GENIO. -   Yo quiero deciros que puesto que me habéis sacado del bote de la pimienta en donde me había encerrado un hechicero malo ahora como premio os voy a conceder tres deseos. Un deseo para cada uno de vosotros y el tercero lo pedís  de acuerdo entre  los dos.
ESPOSA. - ¡Ya lo tengo! Pues a mi lo que más me gustaría es tener una morcilla para cenar.
GENIO. - ¡Cataplín, cataplán! Deseo concedido. Aquí tienes tu morcilla.
MARIDO. - ¡Mira que eres tonta! Has desperdiciado tu primer deseo pidiendo una simple morcilla. Con la de cosas buenas que pdías haber elegido. Te mereces que se te quede pegada la morcilla en la nariz. Si eso es lo que desearía.
GENIO. - ¡Cataplín, cataplán! Deseo concedido. Morcilla pegada en la nariz. (El genio le coloca la morcilla en la nariz)
ESPOSA. - ¡Socorro, socorro! (Hace como que quiere quitarse la morcilla de la nariz y no puede) Quitarme esto de aquí.
MARIDO . - Espera que te la corto con un cuchillo. (Hace como si se la cortara con el cuchillo)
ESPOSA. - Para para que me duele mucho la morcilla. ¡Ay que dolor tan grande! Es como si me cortaras un dedo.
MARIDO. - Vamos a probar tirando fuerte. (Hace como que tira muy fuerte pero tampoco puede)
ESPOSA. - ¡Ay! No tires que me descoyuntas todos los huesos.
GENIO. - Es imposible que lo intentéis. La única forma que hay de que se te quite la morcilla de la nariz es usar vuestro tercer deseo. Y para que os conceda ese deseo debéis poneros de acuerdo los dos. Ya lo sabéis.
ESPOSA. - Yo lo único que quiero es que se me quite la morcilla de la nariz.
MARIDO. - Mira mujer no podemos desperdiciar el último deseo. Piénsalo bien es la oportunidad de hacernos ricos.
ESPOSA. - Y ¿qué hago yo con la morcilla siempre pegada en la nariz?   ¿Te parece bonito que yo vaya así por la calle y toda la gente se ría de mí?
MARIDO. - Te pones un calcetín o una fundita y así no se te ve tanto y no se te enfría.
ESPOSA. - Que no quiero tener la morcilla pegada aquí siempre.
MARIDO. - Mira y si...
ESPOSA. - No.
MARIDO. - Mujer pero si...
ESPOSA. - Te he dicho que no.
MARIDO. - Pero verás...
ESPOSA. - No, no y no.
MARIDO. - Bueno pues acepto que se te quite la morcilla de la nariz.
GENIO. - Cataplín, cataplán. Deseo concedido la morcilla despegada está. (Le quita la morcilla y la pone sobre el plato)
Ahí la tenéis ya os la podéis comer.
ESPOSA. - Pues ahora no la quiero, después de este disgusto ya no quiero comer nunca morcilla.
MARIDO. - Sí será mejor que sigamos comiendo nuestra habichuela. Nos está bien empleado hemos desaprovechado la mejor oportunidad que hemos tenido para salir de la pobreza.
GENIO. - Espero que hayáis aprendido la lección







                                              FIN